La nueva realidad israelí

Ronaldo Marco Deligdisch
Autor: Ilan Bajarlia, Montevideo para Semanario Aurora de Israel


Israel está tendiendo a no ser más Israel. Al menos no al que ha sido hasta ahora. Al que soñaron durante más de tres mil años. Se encuentra polarizado. Dividido. No tiene nada que ver ni con los ideales en que se basó su creación, ni con lo que en realidad consiguió convertirse en la práctica.
Pero esta vez no me refiero a aquello con lo que se entretiene la opinión pública mundial. El problema es peor, tanto más grave como profundo. Ya no es sólo afuera, sino adentro. Si bien los “check points” (1) importan, esta vez se necesita hablar sobre lo que pasa antes de llegar a alcanzarlos, en el seno de un país que va en camino a la discriminación indiscriminada.
Es que lo que está sucediendo da pena. Produce un temor que equivale a incertidumbre sobre lo que será el mañana, como susurrando genéricamente “qué más podría suceder”.
Encima, los artesanos de esta nueva situación, actúan sin molestarse en pedir disculpas; sin siquiera pestañar ante su pasado histórico o ante sus propios vecinos de barrio, quienes miran atónitos e impotentes la manera en que les pisotean lo que sus abuelos habían reconstruido para que no sólo ellos lo disfrutasen, sino para que ellos lo fortaleciesen.

Ni el judaísmo, ni el Islam
El problema no es la causa de Israel; todo lo contrario. No es ni el judaísmo, ni el Islam, ni el catolicismo. No lo son sus miles de inmigrantes, su arquitectura ni su cantidad de voluntarios. Tampoco la economía, la tecnología o las universidades, que incluso se cuelan, ahora, en el corazón de Nueva York, y convierten al país, entremezclado con el pionerismo que caracteriza a su sociedad, en la “Start-Up Nation”.
Estamos frente a una ola de extremismo que hace tambalear el horizonte. Es que el extremismo por si solo es terriblemente trágico.

La fe concebida como única verdad
El problema se potencia cuando lo sumamos al ultranacionalismo; a la fe religiosa concebida como la única verdad del universo; a la monopolización de la idea sionista por parte de algunos pocos, a partir de la cual todo el que queda fuera de esta definición será tachado de antisionista; al machismo radicalizado y convertido en violencia física, al punto tan cínico y ciego de llegar a escupirle en la cara a una niña de ocho años que caminaba hacia la escuela sólo por distanciarse del ideal divino de la “verdadera” mujer. 
O al extremo de exigirles que se sienten en el fondo del ómnibus… pero sin hacer referencia a Rosa Parks, la chica que encendió los ojos de Martin Luther King Jr. en los años 50; cualquier similitud con las épocas racistas de los EE.UU. es pura coincidencia.
Lo cierto es que la ultraderecha y la ultraortodoxia son cada vez más bárbaras y menos civilizadas, un crimen que es tan grande que ni siquiera perdona a los soldados, quienes dedican su tiempo a la defensa tanto física como moral de muchos de los cuales, después, les atropellan a golpes como si fueran heladeras incivilizadas con puños. El ejemplo de los últimos sucesos en Hebrón vale más que mil palabras.
Y el gobierno, es verdad, condena, pero al no hacer nada más que eso, da espacio a que la violencia intolerante solamente se convierta en un nuevo código social, que dice más o menos así: “gritémosle, peguémosle o, en su defecto, escupámosle- al que piensa distinto”. Al que se atreve a ser crítico con nosotros. Cortémosle las patas a las ONGs que no sólo le hablan mal al mundo sobre nosotros, sino que encima nos dicen lo que tenemos que hacer, cómo lo tenemos que hacer, y que para peor se financian con dinero de afuera. Hagámosle la guerra al canal 10 que no para de hacernos la oposición. A las radios que nos cuestionan ¿Qué se piensan que es esto? ¿Que vale todo? ¿Y el mensaje del sionismo? ¿Y la palabra de Dios? 

¿Acaso la democracia es más importante que la única verdad de Él o que el Gran Israel que las escrituras relatan que nos pertenece? ¿Por qué tan solo no leen la Torá y se dejan de estupideces? Ahí dice bien claro la diferencia entre las mujeres y los hombres; entre el pecado y la divinidad. Para peor Irán nos quiere destruir, Hamás y Hezbolla no paran de pensar cuándo atacarnos, cada vez hay más antisemitismo, ¿y nosotros vamos a permitir que adentro de nuestro país nos traicionen de esa manera? ¿Están locos? ¿Qué somos, masoquistas?

No representan la esencia del sionismo
La democracia israelí también tiembla en tanto que sus instituciones pierden cada vez más la cordura. No sólo que el ejecutivo a veces se conunde con el Estado sino que éste también quiere jugar el rol de la Justicia.
Se intenta encajar todo bajo la cada vez más larga palabra “seguridad” (nacional), ahora traducida en “legitimidad”, como queriendo jugar al macarthismo, pero sin la Unión Soviética, sin Guerra Fría y sin McCarthy.
Pero nada de esto representa al concepto o a la esencia del judaísmo ni la del sionismo. Que los religiosos en el ejército escuchen con mayor atención la voz de sus rabinos que lo que les ordenan sus comandantes no representa a la naturaleza de la Defensa israelí. 
Las nuevas leyes, tanto las que pasaron como las que tan solo quedaron como proyectos, no simbolizan la fuerza que ha tenido la palabra “libertad” en el diccionario milenario del judaísmo, desde el Shabat hasta Pésaj y hasta Exodus. Y la intolerancia nada tiene que ver con los larguísimos años de dedicación al diálogo y al entendimiento que han emanado del pueblo que se identifica más con los libros y con la cultura que con la violencia, los escupitajos y la discriminación. 
Perdón: que sí se identifica con la discriminación, pero con la suya propia, una tan sufrida como recordada en cada minuto de toda su memoria colectiva. Tan solo con restarle tres años al momento de la independencia del Estado y podremos volver a oler en carne propia lo que puede significar la discriminación y el extremismo si se los convierten en ideología y si se los toma demasiado en serio. Vale la pena parar ya mismo. Israel necesita reubicarse en el mapa y partir hacia un nuevo rumbo. 
Hoy en día, su camino es claro, hacia nuevas políticas y más intolerancia y violencia -aunque probablemente no como consecuencia directa de actos oficialistas-. Esto provocará, además, una pérdida de credibilidad en aquello que Israel había estado ganando por décadas en muchos campos de batalla del conflicto: “poder suave”, es decir, atracción y persuasión adquirida debido a la transparencia de sus instituciones y a las libertades de sus individuos, en contrapartida de lo que aún sucede más allá de sus fronteras. 
En otras palabras, así como van las cosas, Israel va en camino a dejar de ser Israel. Antes de que sea demasiado tarde, todos los que aman a este país y que siguen creyendo en que el judaísmo y el sionismo son compatibles con la democracia, la libertad y el pluralismo, como si fueran hermanos, mejores amigos o espejos transparentes de aquél que se ha equivocado de camino, deben ya mismo ayudarle a retomarlo.

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